
Me levanté intentando ponerte una voz que no tenías. De nuevo he vuelto a olvidarla. Soy buena, excelente quizás, recordando números. Dime una sola vez el tuyo y lo recordaré eternamente. Por esa razón supongo que siempre los marco y nunca los busco. Me levanté y como cada mañana fui a la cocina. Leche, nueces, tostadas, bizcocho, zumos de todo tipo, manzana, mandarina, naranja, plátano, sí, sí lo que lees, plátano. Es curioso ¿verdad? ¿Quién inventaría el zumo de plátano? ¿Desde cuándo el plátano es zumo?
Odio el café frío. No lo puedo tragar, ni oler, ni siquiera puedo cogerlo. Se resbala de mis manos, como si una fuerza sobrenatural impidiera que mis labios notasen la frialdad que contiene dicha taza, o tazón o vaso, según mi estado de ánimo es una cosa u otra. Queda claro ¿no? No puedo con el café frío, y mira que lo he intentado veces, pero no, no puedo. Lo siento.
Ese día se me quemaron 4 tostadas, mis calcetines preferidos, esos que mi madre en su día me marcó con mi nombre y que todo el mundo sonríe al verlos. Esos mismo, los amarillos como la caja que mi madre le regaló por su aniversario a mi padre para meter todas las fotos que tenían juntos, y siempre está vacía. De ese mismo color. Amarillo-caja-recuerdos-sin-ellos.
Hasta el momento tenemos una cabeza que no recuerda tu voz, incapacidad para tomar el café frío, unos calcetines ahujereados, un zumo de plátano extravagante, y 4 tostadas negras carbón. Es curioso si a carbón le cambias la r de sitio, tenemos una palabra que definiría a mucha gente en distintas situaciones. Después de sonreír por dicho juego léxico, me dispongo a mirar por el ventanal, las dulces vistas que he conseguido. Por arte de magia, y suerte o quizás más bien por un golpe del destino. Lo cierto es que no me queda muy claro como llegamos hasta aquí. Miro y miro y me asombro de que no pasees por mi cabeza de nubes. ¿Qué estará pasando? ¿Vamos a tener una caja azul-mar dónde no-guardaremos nuestros recuerdos? ¿Pero qué recuerdos? En ese momento cuándo me digo a mi misma, qué recuerdos, exactamente en ese instante, la culpabilidad se apodera de mí. Ves, por cosas como estas no me gusta madurar. Saber que lo que hicimos no fue lo correcto, que aquella historia, cada día estoy más segura de que cuando la ponga toda ella por escrito será un buen libro, y sí te lo dedicaré a ti y la primera y la última palabra será la misma: Perdóname.
Que aquella historia podría haber sido mejor de lo que fue. ¿Mejor? ¿Qué demonios digo? No, mejor no puede ser. Mejor que aquello no. Empiezo a pensar en las decisiones que estoy tomando. Últimamente, debido a que me he quedado en cama más de lo previsto, pues soy un buen lugar para que habiten los virus, he pensado en todo esto.
Se me olvidó preguntarte cuál era tu película favorita, qué sabor de chicle prefieres, cuántos hermanos te hubiera gustado tener. Nunca se me pasó por la cabeza lanzarte por la cabeza qué harías sin mí. ¿Qué se hace sin una persona? Algunos dicen, afirman, corroboran que lo mejor es seguir, dejar a un lado todo tipo de contacto y continuar. A esta teoría le pego yo un par de patadas, porque sabes qué pasa, que un día abres una puerta, giras la cabeza y ahí está y es una gran putada si no has continuado demasiado y si de vez en cuando piensas en esa persona, por momentos veloces de tiempo. Otros sostienen qué lo único que hay que hacer es hablarlo. Pienso que las cosas que se cuentan dejan de ser eternas, que nadie puede sentir, ni por asomo, la magia de ese momento. Así que tenemos una incapacidad para tomar café frío, una caja de nos recuerdos amarilla, otra de culpabilidad azul-cielo, dos teorías erróneas de cómo dejar que la gente salga de nuestras vidas, unos calcetines con el talón al aire, una voz irreconocible, unos virus estancados en mi memoria, un futuro libro que llegará a tus manos cuando ni siquiera recuerdes mi nombre y te hará darte cuenta de lo tontos que fuimos. Tenemos eso y más. Mucho más, siempre se tiene más. Muchas veces, pocas cosas son suficientes y nada es demasiado.
Tenemos eso y mucho más, pero es tarde, el café se enfría, las tostadas se queman y tú no das brincos por mi alocada cabeza. ¿Me echarías de menos si un día yo no estuviera, si me quedase aquí a 1.000 kilómetros de ti?