Quedamos y por esas cosas que tienen los comienzos de año llega pronto. Él nunca lo llega. Siempre tengo que esperarlo debajo de su portal, donde toda Zaragoza se reune, y donde durante un largo tiempo fue el escenario de otras historias. Historias que al fin y al cabo acabaron ancladas en el pasado. Llegué y ahí estaba quieto, mirando a todos lados, ansioso, como si yo fuera su remedio. Y me encontró. Andamos, seguimos andando, encontramos donde meternos y ahí nos quedamos.
Él me mira desde el otro lado de la mesa y baja la mirada mientras devora un donuts naranja que me ha ofrecido durante los cincos minutos que lo ha tenido en el plato. Se quiere cortar el pelo. Al principio se mantiene frío y distante mientras encuentra temas de conversación que desvíen un poco su situación personal. De vez en cuando y como con miedo, lanza sonrisas tímidas al aire.
Comentamos un poco de todo, hablamos de nuestros Ipods nuevos, lo poco que nos reclaman nuestros amigos comunes, de las fiestas navideñas, de la nochevieja, los exámenes, mis informes, de novios y libros. Y en algún momento entre el insulto hacia quien mi hizo daño y la admiración hacia alguna canción que suena en aquel instante, él empieza a hablar de todas sus desgracias.
Comienza diciendo lo mucho que le quiso, de lo que aún posiblemente le quiere, de lo que pensó querer al que no quiso, de lo que necesitaba oír de quien le quiere y seguramente quiera, de todas esas cosas de las que yo me había dado cuenta hace siglos, cuando él se dedicaba a fingir ser feliz, y yo me empeñaba en perderme entre mi pasado.
Me pregunta por mí y yo le comento que siento un cosquilleo por la tripa y que en menos de dos horas voy a ver a quien he echado en falta en las últimas semanas, las ganas que tengo, pero lo mucho que lo escondía. Que el aire frío de las mañanas se apodera de mis piernas desnudas al salir de la ducha, y que tengo la seguridad de lo bien que nos va a ir en este nuevo año, tan anormalmente verde y poco blanco, aunque ayer se cubrió toda Zaragoza de nieve, o lo que poco que duermo estos días. Él se ríe, como si así las cosas salieran de su cabeza más rápido, y le hablo de lo que me preocupa y lo triste que me pongo de repente, o cuando lloro sin motivo alguno.
Le comento que me estoy volviendo ordenada y estudio más a menudo, y él asiente y con ojo crítico me dice que he adelgazado (¡qué mentira!). Sonrío, vuelve a querer hablar del amor, pero no del que él siente, si no del que otros sienten y a él le afecta, y a mí se me acaban los temas de conversación. Así que volvemos a empezar.
Me sé su trayectoria sentimental de memoria, como si fueran los datos experimentales que almaceno en mis cuadernos, y aún ahora me pregunto como un corazón puede latir tan rápido y ser tan rojo, y empiezo a entender de donde vienen todos esos miedos que siempre ha tenido y nunca llegué a entender. Él continua hablando. Me abraza. Sonríe. Continua hablando.
Y mientras tanto, yo jugueteo como mi tercer tubo de cerveza porque me veo incapaz de mirarle a los ojos. Ni siquiera cuando me dice eso de ¿Me irá todo bien algún día? yo soy capaz de decirle la mentira piadosa de siempre: claro que sí, tiempo al tiempo.
A veces, mi optimismo se queda guardado y aunque ambos sepamos que sí, que le irá muy bien,en aquel momento no podía decírselo, porque estaba cansado, lastimado, dolido, y quizás decepcionado con algo que sabía y no tenía que saber y que nunca parece que llegue el momento de que se planten delante suyo y se lo digan.
No soy capaz y me pregunto que fue de la persona que podía convencerse a sí misma de las más remotas casualidades. Así que cojo de nuevo mi cerveza, una de las tantas que nos hemos bebido en esas dos horas, y le doy un trago mientras pienso en que él realmente no se está limpiando las lágrimas con el dorso de las manos, y a mí no me se me está quemando la garganta, ni los ojos, ni la piel.
Quiero hacer un comentario y quitarle importancia, pero ya sabemos, ambos lo sabemos porque somos mejores amigos, que no funciona. Que nunca funciona, porque inmediatamente piensas qué narices estará diciendo el otro. Así que dejo el vaso a un lado y tamborileo unos segundos mis dedos sobre la mesa.
Y joder, es tan triste que todo tenga un final. Va desacompasado en mí hasta el corazón, quizás por los nervios, o por la historia, o por saber que todo acaba. Y justo ahí, justo ahí, me echo yo también a llorar por dentro, como una idiota, y entonces llega lo que a los dos nos saca de nuestras penas. Me mira, le miro, me sonríe, le sonrío y entonces sabemos, que pase lo que pase, siempre estaremos ahí el uno con el otro.
Y nos encanta. Entonces hablamos de los viajes que haremos. 37 minutos después me despido de él y voy camino de encontrarme con alguien con quien también sonrío y llevaba mucho tiempo sin ver. Los besos del reencuentro, dejaron ver, cuánto lo había echado de menos.



1 estrellas fugaces:
Me encantan los reencuentros :) . Y este ha sido muy bonito ^^ .
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